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Santiago de Compostela

De delito de excomunión a 'souvenir' de plástico: La verdadera historia del negocio medieval de la vieira

Leyendas, monopolios episcopales y bandas de delincuentes marcaron la historia del símbolo más universal del Camino de Santiago

En la Europa bajomedieval, redes criminales como los 'coquillards' utilizaban la concha como disfraz para saquear hostales y asaltar a los caminantes
En la Europa bajomedieval, redes criminales como los 'coquillards' utilizaban la concha como disfraz para saquear hostales y asaltar a los caminantes
Gianmarco Avigni
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Tras el martirio de Santiago, sus discípulos embarcaron su cuerpo desde la ciudad de Jaffa para trasladarlo a las costas gallegas. Cuando la nave se aproximaba a Iria Flavia, en la orilla se celebraba la boda de dos familias nobles. De pronto, la montura del novio se desbocó y se precipitó al mar. En cuanto el animal tocó el agua, el hombre que lo montaba se encontró cubierto de conchas como si fuera una armadura. En ese momento uno de los discípulos cogió agua del mar y la vertió sobre la cabeza del novio para así bautizarlo. 

Esta es una de las tantas leyendas que explica por qué la concha de vieira es el símbolo más reconocido del Camino de Santiago. Fue recogida por el hispanista irlandés Walter Starkie en su obra 'El Camino de Santiago: Las peregrinaciones al sepulcro del Apóstol'. Sin embargo, al margen de la mitología, durante la Edad Media la vieira se transformó en una necesidad muy terrenal: era el único certificado capaz de demostrar que se había completado la ruta. 

Basándonos en las descripciones que da el Códice Calixtino (Libro V, Capítulo IX), los peregrinos entraban por una de las siete puertas de la ciudad: la Puerta Francesa, la de la Peña, la de Sofrades, la del Santo Peregrino, la de Falguera, la de Susannis y la de Mazarelos. Después de traspasarlas y venerar al Apóstol orando y depositando sus ofrendas, muchos de ellos se dirigían a la puerta de Azabachería, donde estaban los artesanos y concheiros vendiendo conchas de vieira naturales así como insignias de  plomo, hueso, marfil y metales hermosos. 

Esa concha era la forma en la que los peregrinos demostraban haber hecho el Camino de Santiago, haciendo la función de lo que hoy llamamos la Compostela, y debía acompañar al caminante durante el resto de sus días protegiéndolo en el viaje de regreso e, incluso, descansando sobre su pecho en la tumba. Sin embargo, durante los siglos XI y XII no se trató solamente de un símbolo espiritual, sino también de un negocio muy lucrativo. 

Multitud de caminantes a su llegada a Compostela, tal como se ilustró en 'Las delicias de España y Portugal' en 1707
Multitud de caminantes a su llegada a Compostela, tal como se ilustró en 'Las delicias de España y Portugal' en 1707
Peter van der Aa

El inicio de un monopolio

"O bivalvo era a proba obxectiva de ter completada a viaxe a Galicia, o que fixo que en moitas cidades de Europa se vendesen cunchas para os que querían finxir ter peregrinado. Era este un comercio fraudulento contra o que os papas chegan a ditar penas de excomuñón", explica Miguel Anxo Murado en su libro 'Outra idea de Galicia'.

Y es que hacia el año 1200, el arzobispo Pedro Suárez de Deza reclamó la propiedad exclusiva de los puestos de venta y el derecho único del cabildo a autorizar la comercialización de las conchas de vieira. Nacía así un férreo monopolio: solo los artesanos oficiales del gremio de concheiros, ubicados bajo el control de la Catedral, tenían licencia para vender la cotizada insignia a cambio de pagar un tributo. 

Este control absolutista sobre el símbolo dio pie a un fenómeno inevitable en la Europa bajomedieval: un mercado negro de vieiras, pero también la suplantación de identidad. Llevar una vieira no solo garantizaba prestigio espiritual, sino que suponía recibir el abrigo de la caridad cristiana que obligaba a hospedar y alimentar gratis a estas personas. Por ello las bandas organizadas de maleantes adoptaron la concha como el uniforme idóneo para delinquir impunemente. 

A estas personas se las llamó coquillards, gente que utilizaba la fachada del Camino de Santiago y el distintivo de la concha para recorrer las rutas saqueando hostales y asaltando a los verdaderos caminantes. La figura del delincuente disfrazado de peregrino caló tan hondo que acabó por convertirse en un mito popular. Según señala Miguel Anxo Murado en el mismo libro: "No conto popular das sete cabuxiñas e o lobo, o lobo era orixinalmente un coquillard que dicía ir camiño de Santiago". 

Hoy, la vieira ha vuelto a multiplicar sus formas, pero sin sombra de excomunión ni persecución legal. En las tiendas de recuerdos que salpican el casco histórico compostelano, el distintivo que exigía el monopolio estricto de la Catedral y el sello del gremio de concheiros se vende en serie estampado en camisetas, abrebotellas o imanes de nevera. Resulta irónico comprobar cómo un símbolo que en la Edad Media movilizó bulas papales, amenazas de condenación eterna y redes clandestinas de falsificación internacional ha terminado convertido en un souvenir de consumo rápido que muchos dejarán olvidado en el fondo de sus armarios. Al final, el mercado ha logrado lo que el clero no pudo impedir: que la concha del Apóstol esté al alcance de cualquiera, garantice o no la fe de quien la lleva.

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