Alfredo González Ruibal, arqueólogo: "Hay un cierto tabú a la hora de hablar de los que se beneficiaron de la dictadura"
Frente a los mitos del régimen, el investigador y Premio Nacional de Ensayo analiza en 'País en ruinas' las cuatro décadas de dictadura a través de sus desechos y escombros

¿Puede una lata de conservas oxidada, un sonajero o un vinilo de flamenco contar la verdadera historia de un país? Frente a los grandes relatos políticos de la dictadura, las trincheras, las fosas comunes y los vertederos de las chabolas guardan un relato más incómodo y real: el de los millones de españoles corrientes que sufrieron el reverso del régimen.
Alfredo González Ruibal, arqueólogo en el Instituto de Ciencias del Patrimonio, fue Premio Nacional de Ensayo en 2024 con 'Tierra arrasada. Un viaje por la violencia del Paleolítico al siglo XXI'. Ahora vuelve con su última obra, 'País en ruinas. Historias enterradas de la España franquista, 1939-1975', una muestra de que el franquismo dejó una huella material imborrable que va más allá de construcciones faraónicas, como el Valle de los Caídos, o el Pazo de Meirás.
En su libro menciona que le irrita el paternalismo de la idea de "devolver la dignidad" a las víctimas, porque ellos nunca la perdieron. ¿Cómo consigue un objeto, como un sonajero, recordar esa dignidad sin caer en la mitificación?
Es un equilibrio difícil no idealizar y, al mismo tiempo, recuperar la dignidad de las víctimas. Yo creo que los objetos son parte de quienes somos y, cuando las personas son dignas e íntegras, se refleja en su comportamiento material. Esto sucede, por ejemplo, con las tazas que hacían los prisioneros de los campos de concentración a partir de latas... Es un objeto completamente banal, hecho realmente con basura, pero al mismo tiempo nos habla de que detrás hay una gente que quiere permanecer digna, que quiere permanecer siendo humana y manteniendo las normas que son características de los seres humanos y la cultura, que es lo que nos diferencia de los animales.
El libro habla de rebelarse contra el silencio. Frente al relato de los "Grandes Hombres que Trajeron la Democracia", ¿qué verdades incómodas revelan los vertederos y las chabolas?
Los vertederos nos hablan de la pobreza sistemática que sufrió un porcentaje muy amplio de la población española hasta el final de la dictadura. En algunos de los vertederos los desechos que hemos excavado son ya de los años 70, que es el final de la dictadura. Sin embargo, incluso ahí se sigue viendo gente que tiene dificultades económicas y que tiene que hacer esfuerzos para mantener una vida digna.
Lo que tenemos es el testimonio material de unos soldados que estaban hambrientos y enfermos"
Llama mucho la atención el análisis de las trincheras. Mientras en el Asilo de Santa Cristina los legionarios comían extraordinariamente bien, al otro lado, en el bando republicano, aparecen laxantes y vitaminas para suplir la miseria. ¿Hasta qué punto la comida y la logística se utilizaron como una forma de guerra psicológica y propagandística?
Eso se ve muy bien arqueológicamente. Nosotros hemos tenido la ocasión de excavar trincheras tanto republicanas como de los sublevados en Madrid, que fue campo de batalla durante prácticamente toda la guerra, y lo que se ve muy bien es cómo hacia el final de la guerra las trincheras de los sublevados están muy bien suministradas. Eso se aprecia, entre otras cosas, en la cantidad de restos de fauna que nos aparecen: en las excavaciones de trincheras franquistas en Madrid aparecen miles de huesos de animales, de lo más variado. Estaban comiendo mucha carne, alimentos frescos y diversos, es decir, una dieta variada.
En el caso de los republicanos no aparecen huesos de animales, lo que quiere decir que no estaban ingiriendo prácticamente proteínas animales. En cambio, sí que aparecen productos que tienen que ver con desarreglos gastrointestinales, sobre todo laxantes, porque cuando no estás comiendo alimentos frescos uno de los problemas que tienes es el estreñimiento. Así que lo que tenemos es el testimonio material de unos soldados que estaban hambrientos y enfermos.

Describe de forma muy conmovedora los objetos encontrados en las sacas y fosas comunes (el mensaje en la botella de Manuel Lluesma o el sonajero de Catalina). ¿Cómo gestiona el equipo arqueológico el impacto emocional de desenterrar objetos que encapsulan los últimos segundos de vida de una persona?
Muchas de las cosas que excavamos y de las historias que contamos tienen valor, no solo como documento histórico del pasado ni como un elemento científico que nos ayuda a construir de forma racional y argumentada la historia, sino que apelan a nuestras emociones. Sobre todo en el caso de los objetos que acompañaron a los fusilados en sus últimos momentos, ya que estamos hablando de cosas muy potentes que nos hablan de la violencia del régimen franquista; que no diferencia a mujeres de hombres ni a madres de combatientes. Al final, todos acabaron asesinados.
Estos objetos nos hablan también de la identidad de esas personas. En el caso del sonajero, una madre decidió ir el día de su ejecución con ese objeto que le recordaba a su bebé de nueve meses, al que iba a dejar huérfano en seguida... Hay objetos que son capaces de contar toda la historia de la violencia franquista, de la brutalidad de la dictadura. Un simple objeto puede ser tan elocuente como los testimonios de las víctimas o decenas de páginas de archivo.
Sobre el Pazo de Meirás, plantea que se puede leer como un yacimiento por capas (Pardo Bazán, el franquismo, los herederos). Tras su paso por allí, ¿qué nos dicen las habitaciones del servicio o el progresivo expolio de antigüedades sobre la verdadera naturaleza del día a día de la familia Franco?
El Pazo de Meirás tiene el problema de que, evidentemente, ha cambiado mucho desde que murió Franco en 1975 porque allí vivieron sus familiares durante casi 50 años. Sin embargo, la presencia de los Franco sigue estando en todas partes. Una cosa que llama mucho la atención son las aspiraciones aristocráticas que tenían, algo en lo que coinciden tanto Francisco Franco y su mujer, como sus hijos y nietos: ellos aspiraban a una vida regia, una vida de la realeza.
Eso se ve en la decoración del pazo, en la colección de antigüedades, las sábanas con el acrónimo de Franco con la corona real... Pero lo que es especialmente interesante en el caso de Meirás no son solo esas aspiraciones, que ya sabemos por las biografías que se han escrito, sino porque lo que se ve muy bien es el fenómeno del "nuevo rico": esa aspiración de alguien que no tiene el gusto, el estilo ni el conocimiento de las familias aristocráticas.
Un simple objeto puede ser tan elocuente como los testimonios de las víctimas o decenas de páginas de archivo"
En el libro aborda un tema profundamente íntimo y local: la ampliación del aeródromo de Santiago de Compostela en 1940 a cargo de la empresa de su propia familia, utilizando mano de obra esclava. ¿Cómo ha sido para usted, a nivel personal y profesional, romper el silencio familiar y descubrir que la casa de los veranos de su infancia se financió en parte gracias al trabajo forzado de cientos de presos políticos?
Creo que tendríamos que insistir más en la memoria de los beneficiarios y los perpetradores. Muchas veces se habla de las víctimas y sus familiares, pero hay un cierto tabú a la hora de hablar de los que se beneficiaron de la dictadura y creo que es necesario que lo hagamos. De hecho, en Alemania acaba de salir un libro que publica un historiador sobre su abuelo, que era uno de los grandes jerarcas nazis, y considero que eso tiene que formar parte del discurso público. Es algo que tiene que ser parte de las conversaciones que tenemos sobre la guerra civil y la dictadura: que papel jugaron nuestros antepasados cuando ese papel fue siniestro o deleznable.
Para mí fue un shock porque no solo cambia la historia, ni la forma en la que uno la percibe, sino que también cambia la forma en la que percibes tu propia memoria familiar. Te ves obligado a reconstruir y entender que esos espacios íntimos, esos espacios entrañables de tu infancia, como marcados por la culpa.
Leyendo su libro, uno se da cuenta de la inmensa cantidad de historias que siguen enterradas. Yo misma, cuando iba al instituto, recuerdo que el franquismo ocupaba apenas una carilla en el libro de texto. Cuando la historia de la dictadura se resume en una carilla de un libro de texto, se genera un vacío de conocimiento enorme. ¿Qué riesgos corremos como sociedad cuando dejamos ese espacio en blanco?
En general no recordar la historia o recordarla mal es un problema, pero cuando se trata de una historia que tiene unas resonancias tan fuertes en el presente, que tienen que ver con la libertad o falta de ella, con valores democráticos distorsionados... Esa historia no es solo un problema de conocimiento del pasado, es un problema de lo que puede suceder en el futuro y de lo que estamos dispuestos a aceptar como sociedad. Digamos que somos más vulnerables a aceptar que vuelva a haber una dictadura.
¿Es ese analfabetismo histórico sobre nuestro pasado reciente el que permite que hoy en día se banalicen o se romanticen ciertos discursos?
Creo que la gente de más edad todavía tiene una memoria que se ha transmitido, quizá no tanto a través de los libros de texto, pero sí por medio de otros productos como películas, documentales y la memoria de la familia. Eso ahora se está perdiendo. El problema es esa juventud que está abrazando, sin ir más lejos, el rechazo a la democracia.











