Miguel Noguera convierte el Teatro Compostela en un laboratorio de ideas imposibles
El cómico catalán convirtió su Ultrashow en una ceremonia absurda, autorreferencial y visual ante un auditorio prácticamente lleno

El Teatro Compostela, antiguo La Salle, vivió este viernes una de esas funciones que dividen al público entre la incredulidad y la carcajada incontrolable. El Ultrashow de Miguel Noguera regresó a Santiago fiel a su naturaleza inclasificable: 80 minutos de ideas mentales expuestas sin red de seguridad, donde lo absurdo no es un recurso puntual, sino el eje central del espectáculo.
El arranque fue una declaración de intenciones. Noguera comenzó con un canto gregoriano improvisado sobre una placa fabricada con un material aún no descubierto cuya extracción había provocado la muerte de innumerables astronautas. No solo los fallecidos en la expedición, sino también —según el relato— todos aquellos que no fueron seleccionados para participar en la misión y que, frustrados, se suicidaron. La propia placa, de coste inabarcable por la dificultad de su extracción, incluía una inscripción autorreferencial que describía lo complicado que había sido conseguir el material para fabricarla. El remate: la placa fue colocada en el pecho de una persona que, además, había financiado su creación a través de Patreon.
Durante alrededor de veinte minutos, el cómico desarrolló la historia con distintas interpretaciones y metáforas, alternando solemnidad impostada y comentario analítico, mientras el público, entre atónito y entregado, no podía contener la risa. La exageración trágica y el detalle minucioso convertían la escena en una liturgia disparatada.
La obsesión con La Salle y el poder del sacapuntas
Uno de los hilos conductores del espectáculo fue el propio nombre del antiguo teatro, La Salle. Noguera bromeó en repetidas ocasiones —cerca de una veintena— con la pronunciación del término, sugiriendo que podría decirse “la sal”, como cuando alguien pide que le pasen la sal en la mesa. Ese juego fonético, repetido hasta el extremo, funcionó como un gag acumulativo que atravesó la función y reforzó su carácter autorreferencial.
Tras ese primer bloque, el Ultrashow giró hacia una parte más visual. A través de imágenes proyectadas, Noguera reflexionó sobre la importancia de los sacapuntas y cómo estos, al integrarse en cualquier objeto, acaban teniendo más relevancia que el propio objeto. La idea se ejemplificó con una escultura renacentista de mármol que, al incorporar un sacapuntas, dejaba de ser una obra artística para convertirse en “un sacapuntas con forma de…”. El razonamiento, llevado hasta sus últimas consecuencias, convertía lo accesorio en protagonista y lo esencial en anécdota.

Cirujanos solidarios y un cierre en bucle
El tramo final acumuló relatos que transitaban entre lo surrealista y lo grotesco. Entre ellos, la historia de unos bandidos que robaron el bastón habitual de un anciano para sustituirlo por otro mucho más grande. La solución, en clave de caridad extrema, pasaba por que unos cirujanos le extrajeran el nervio óptico para atarlo entre sus vértebras y hacerlo más alto, logrando así que el bastón sobredimensionado encajara a la perfección.
La lógica interna del Ultrashow no busca coherencia externa, sino una sucesión de imágenes mentales que se sostienen por su propia contundencia absurda. El espectáculo concluyó con la lectura de un texto autorreferente, en el que Noguera se citaba a sí mismo reiteradamente, encadenando párrafos que explicaban la intención del anterior y del predecesor en un bucle metateatral que servía, finalmente, para agradecer la asistencia.
Con el auditorio prácticamente lleno y una risa sostenida durante los ochenta minutos de función, Santiago volvió a comprobar que el Ultrashow no es un monólogo convencional, sino un territorio propio donde la exageración, la repetición y la imagen imposible se convierten en materia escénica.








