Así se vivían las lluvias en Compostela hace 100 años
Capas, zuecos y braseros eran la defensa diaria contra el frío y la humedad

Santiago de Compostela, ciudad de piedra donde la lluvia es arte, ha forjado su identidad al ritmo de cielos grises y orballos interminables. Hace un siglo, en los otoños de finales del XIX y principios del XX, la vida se deslizaba entre chaparrones mansos y aguaceros torrenciales, sobre un entramado de rúas empedradas y plazas donde cada gota parecía cincelar la memoria de la ciudad. La Compostela de aquellos días no conocía paraguas plegables ni calefacciones eléctricas; se defendía con ingenio, costumbre y paciencia frente a una humedad que se colaba en huesos y paredes.
La capa, prenda estrella para una de las ciudades más lluviosas de España
La capital gallega es históricamente una de las ciudades más lluviosas de España –con alrededor de 140 jornadas de lluvia al año de promedio, solo superada por San Sebastián— y antaño sus habitantes desarrollaron ingeniosas formas de sobrellevar la eterna humedad. Cuando las nubes descargaban sobre Santiago, los habitantes de hace un siglo se enfundaban en ropajes pesados e impermeables de la época. La prenda estrella era la capa o capote de paño –a menudo de lana oscura, larga hasta los pies y con capucha– que servía de escudo frente a la lluvia y el viento.
Estas capas tradicionales estaban confeccionadas en tejido de sayal grueso, muy tupido y fuertemente abatanado; gracias a ello, el agua resbalaba por la lana y tardaba mucho en calar. Es decir, una buena capa prácticamente aguantaba sin mojarse incluso bajo el orballo constante. Bajo la capucha y la capa, asomaban a veces pañuelos anudados a la cabeza (en el caso de muchas mujeres) o sombreros de ala ancha impermeabilizados con aceites, todo para evitar que la fina llovizna calase el pelo en aquellos días fríos. La guinda del outfit eran los zuecos de madera, que levantaban a los compostelanos varios centímetros sobre el barro. Cada pisada sobre la piedra mojada resonaba como un tambor, acompañando el repiqueteo constante de la lluvia en los tejados de pizarra.

Hogares húmedos y braseros de carbón
Si algo temía el compostelano de antaño más que mojarse en la calle, era la humedad metida en los huesos una vez en casa. Las viviendas, hechas de gruesos muros de granito, eran frías y retenían la humedad ambiental tras días y días de lluvia.
Para combatir el frío, los hogares recurrían a braseros de cisco y carbón como fuente de calor central. Al llegar del exterior con la ropa empapada, la familia se reunía en torno a la mesa más grande —normalmente, la del comedor— y bajo ella se colocaba el brasero. Aquella brasa lenta no solo calentaba el ambiente, sino que servía para secar las prendas: calcetines y ropa interior colgaban de la alambrera del brasero para secarse tras el remojo del día. El característico olor a carbón quemado mezclado con mondas de naranja (que se echaban a las brasas para aromatizar el aire) impregnaba las estancias, y el humo buscaba salida por alguna ventana entreabierta o por las rendijas de la puerta.

Soportales, grandes aliados
Fuera de casa, la ciudad ofrecía también refugios contra la lluvia en su trazado urbano y en su vida social. Santiago de Compostela contaba (y cuenta) con numerosos soportales y arcadas en las calles del casco histórico –por ejemplo, en la Rúa do Vilar, la Rúa Nova o Cervantes– bajo los cuales los peatones de antaño buscaban amparo. Aquellos soportales eran la salvación para seguir el camino sin quedar empapado: uno podía ir saltando de arcada en arcada, esquivando canalones desbordados. Cuando la lluvia arreciaba de verdad, sin embargo, la opción favorita era refugiarse en una taberna cercana.

Allí, los compostelanos convertían la espera en tertulia y compañía, con un vaso de vino tinto o una taza de caldo, mientras el temporal golpeaba los cristales. Tabernas míticas como O Gato Negro, abierta en el 1922, vieron generaciones de vecinos brindar y conversar hasta que escampase.

Arte e identidad
La presencia constante de la lluvia caló también en el imaginario cultural compostelano. No solo en refranes y dichos, sino en la literatura y el arte. Rosalía de Castro y Valle-Inclán la convirtieron en símbolo melancólico de Galicia, por ejemplo. No obstante, la esencia de la tierra del Apóstol fue recogida también por autores de fuera. Por ejemplo, el podría ser considerado el más célebre y relevante poeta del siglo XX a nivel global, García Lorca, le dedicó varios versos inmortales.
En su Madrigal á cibdá de Santiago, el literato andaluz escribió imágenes de gran belleza y nostalgia: «Mira la lluvia por la calle, laio de pedra e cristal... Santiago, lonxe do sol; auga da mañán anterga trema no meu corazón». Lorca captó a la perfección ese duende de la ciudad vieja empapada, donde la piedra húmeda parece cobrar vida y las calles reflejan destellos fugaces de sol entre tinieblas.

De las capas al Gore-Tex: la Compostela de ayer frente a la de hoy
Un siglo después, ¿qué tanto ha cambiado Santiago de Compostela en su forma de enfrentar las lluvias? En algunos aspectos, la diferencia es abismal; en otros, sorprendentemente, persiste el mismo ritual bajo el aguacero. Hoy los compostelanos ya no visten capas pardas ni zuecos de madera para salir a la calle: en su lugar abundan los paraguas coloridos, los chubasqueros con capucha y las chaquetas de Gore-Tex transpirables. Las botas de goma y el calzado con membrana impermeable han sustituido a aquellos zocos artesanales (aunque la función sigue siendo la misma: que los pies lleguen secos al destino). Las aceras de la zona nueva, bien asfaltadas, han reducido los barrizales, y el alumbrado eléctrico guía entre la bruma donde antes apenas había faroles mortecinos.

En la vida social tampoco faltan contrastes. Si antaño la gente se refugiaba en tabernas de barrio para esperar a que escampara, hoy Santiago ofrece cafeterías modernas, pubs y teterías donde guarecerse. Los estudiantes universitarios, que ahora llenan la ciudad, suelen abarrotar los cafés del Ensanche o las facultades, con laptops y capuchinos, mientras afuera llueve a cántaros. Aun así, el casco viejo conserva ese aire: cuando cae una gran tromba de agua, es habitual ver turistas y locales resguardándose bajo los arcos de la Rúa Nova o entrando a locales tradicionales –una vinoteca, un mesón de tapas– para matar el tiempo igual que lo hacían nuestros bisabuelos. La esencia del ritual sigue ahí: una buena conversación, algo de comer o beber, y la paciencia de esperar juntos a que amaine. Los locales centenarios como el Morriña —anteriormente conocido como Derby— o el Casino, aunque renovados, mantienen la atmósfera de siglos pasados con sus sillones de terciopelo y ventanales que miran la lluvia caer, casi con la misma parsimonia de 1920.
Finalmente, la Compostela actual cuenta con algo que a los de hace cien años les habría parecido magia: predicciones meteorológicas fiables y comunicaciones inmediatas. Hoy consultamos a qué hora exacta parará el chaparrón sin que la investigación nos ocupe más de un minuto. Podemos planear salidas entre claro y claro, y si nos sorprende un aguacero, un simple mensaje nos permite avisar que llegaremos tarde, en vez de aparecer empapados excusándonos. Pese a toda esta tecnología, el cielo gallego sigue teniendo la última palabra: sigue lloviendo mucho, a veces demasiado, y no hay app que detenga las borrascas atlánticas. Aún así, los compostelanos de hoy encaran el temporal con una sonrisa parecida a la de sus antepasados. Saben que, tras la lluvia más larga, “nunca choveu que non escampara”, y que tras un otoño de piedra y agua siempre acaba llegando un rayo de sol sobre la Catedral.









