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Santiago de Compostela

Zahara regala a Santiago uno de los conciertos más íntimos y especiales del año

El espectáculo, en solitario y en acústico, mostró la versión más cruda, honesta y divertida de la artista

Zahara, guitarra acústica en mano, durante uno de los momentos más íntimos de la noche en el patio de cristal del Hotel Monumento San Francisco
Zahara, guitarra acústica en mano, durante uno de los momentos más íntimos de la noche en el patio de cristal del Hotel Monumento San Francisco
Eladio Lois
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El Hotel Monumento San Francisco, solemne y cargado de historia, abrió este sábado 22 de noviembre sus puertas a una experiencia que parecía suspendida fuera del ritmo habitual de la ciudad. A las 21.30 horas, su patio de cristal, iluminado por luces suaves y la respiración expectante de centenares de personas, se transformó en un pequeño santuario donde la voz de Zahara encontró un eco perfecto. El ciclo Momentos Alhambra Acustiquísimos eligió, una vez más, un espacio singular para proponer un viaje que se disfruta sin prisa, y la artista de Úbeda lo tomó como punto de partida para ofrecer algo más que un concierto: un encuentro profundamente humano, luminoso y frágil al mismo tiempo.

Virtuosismo en soledad

Durante casi dos horas, Zahara desplegó una paleta musical que osciló entre la crudeza emocional, la ironía irreverente y la ternura compartida. Armó un universo entero con sus manos: guitarra acústica, guitarra eléctrica, teclado y hasta un Omnicord, ese instrumento nacido en los años 80 que parece emitir un brillo propio, una vibración capaz de sugerir historias no contadas. 

Hubo instantes en los que el público, inmóvil, se preguntaba cómo era posible que una sola persona generase una atmósfera tan envolvente, tan llena y tan viva. Todo salía únicamente de ella: su precisión, su sensibilidad y ese modo de sostener las canciones como si fueran criaturas que todavía respiran.

Canciones que cambian de tiempo y mucha complicidad

A lo largo de la noche, Zahara también encontró espacio para el humor, recurriendo varias veces a la complicidad del público para bromear sobre lo distinta que era esta experiencia respecto a una gira convencional. Recordó, entre risas, que en los conciertos habituales lo tiene “infinitamente más fácil”, porque cuenta con un equipo que —como recalcó en varias ocasiones— admira profundamente y que le facilita cada detalle técnico y artístico. En el patio de cristal, en cambio, estaba radicalmente sola, sin más red que sus manos, su voz y la honestidad del instante. La experiencia, por tanto, fue un desafío, pero también el origen de una anécdota más de la extensa carrera profesional de la cantante andaluza.

Hubo también espacio para una de esas anécdotas que humanizan cualquier velada y que, en Santiago, adquirió un encanto especial. Zahara admitió entre risas que aún no logra acostumbrarse al frío gallego, y en mitad del concierto, vencida por la climatología compostelana, decidió ponerse una sudadera con capucha sobre el vestido con el que había comenzado la actuación. El gesto, natural y desprovisto de cualquier artificio, arrancó sonrisas y terminó encajando con sorprendente armonía en esa atmósfera íntima y emocional. Lejos de romper el magnetismo de sus letras más desgarradas, la imagen reforzó la sencillez y cercanía que la artista jienense proyecta siempre, incluso en los espacios más solemnes.

Zahara, en plena conexión con el público compostelano
Zahara, en plena conexión con el público compostelano
Eladio Lois

Uno de los hilos emocionales de la noche llegó en los momentos en los que la artista abrió ventanas a la intrahistoria de sus temas. Contó —con humor, honestidad y una cercanía que desarmaba la solemnidad del lugar— cómo algunas de sus composiciones nacieron en presente porque dolían en ese instante preciso, pero, una vez atravesado el conflicto, decidió virarlas al pasado. Ese gesto, tan sencillo en apariencia, resonó como una confesión colectiva: la música también cicatriza. Y Zahara, que alternó silencios delicados con carcajadas cómplices, supo conducir al público por ese trayecto emocional sin que nadie perdiese el hilo. Las lágrimas de los asistentes tardaron poco en brotar y mucho menos lo hicieron en contagiar a la intérprete jienense, que se tomó el tiempo necesario para emocionarse al terminar piezas como 'Con las ganas'.

Cuando las últimas notas se extinguieron y el silencio volvió a ocupar el patio de cristal, quedó la impresión de que algo excepcionalmente valioso había tenido lugar. Zahara se despidió con la serenidad de quien ha entregado una parte de sí misma, dejando en el aire un rastro de emoción que tardará en disiparse. Y mientras el público abandonaba lentamente el recinto, todavía con la música resonando en la memoria, la noche compostelana pareció envolverlo todo con una nobleza antigua, como si quisiera preservar, al menos por un instante más, la huella de un concierto que se vivió con la intensidad de lo irrepetible.

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